Se podía oír la brisa arrastrar el agua, formando pequeñas ondas que decostruían el espectro de su cuerpo, disolviéndose en la mera impresión de haber visto una sombra a color.
Leo admiró en silencio desde la pequeña colina que desembocaba en costa, bañada en pequeñas briznas de hierba y pálidas flores blancas y amarillas que saludaban al sol. Algunas, deslumbradas, se protegían la vista.
No sabría decir si ella se disolvía en olas, o los finos pliegues del lago en ella, pero desde luego sabía que el recuerdo de su cuerpo se corrompía y descomponía en fragmentos.
El sol brillaba en lo alto del cielo, cálido –pero no sofocante–; los insectos zumbaban, escondidos en sus casas hechas de pétalos y tallos, con ventanas de polen y sus puertas de néctar. Leo sólo sabía que la luz se resbalaba sobre las curvas de su cuerpo, bailando de ola en ola mientras ella se disolvía y trazaba sola.
Poco después, Lili emergió del agua, y Leo pensó en el nacimiento de las estrellas; por lo general no se daba uno cuenta a tantos kilómetros de distancia, pero la magia del fuego y la ausencia de presencia humana formaban un deslumbrante espectáculo.
Su piel, a medio camino entre bronceada y pálida, brillaba al sol, como quien sonreía a un niño. El agua resbalaba sobre ella, muriendo prematura devuelta en el lago.
Su cabello dorado se había derretido en una gruesa losa de oro. Sus pestañas eran viejas telarañas que coleccionaban diamantes, incrustados y reluciendo con orgullo que a veces se perdían en sus mejillas, convertidas en lágrimas postizas.
Leo era fotógrafo, pero deseó ser artista para poder capturar la forma en que su espalda se curvaba, en que su pecho se alzaba hacia el cielo y el sol resaltaba su bañador negro. Era fotógrafo, no artista, pero deseó serlo para ser capaz de dibujar el único trazo que era su cuello –con la pequeña nuez subiendo y bajando al tragar–. Él se maldijo por no haber nacido Sorolla, el gran artista español, porque de ser así, sería capaz de capturar la forma en que la imagen de su novia se descomponía al tocar el agua.
Poco después y casi como si hubiese oído a su corazón susurrar su nombre, Lili abrió los ojos y le miró con una suave sonrisa, casi fundida con el rosado de sus mejillas. Las esmeladas claras brillaban con fuego propio, atravesándole el pecho con un simple parpadeo, y dejándole sin aliento cuando sintió sus iris iluminarse al ver que, probablemente, estaba sonrojado.
Leo supo que ahora y entonces, ayer y por siempre, su corazón, su aliento, sus pasos, su voz y su sonrisa... Llevarían el nombre de la ninfa que caminaba hacia él, con el agua besándole el vientre. Que en cada suspiro y en cada latido que se saltase su corazón, Lili estaría allí, haciéndole pensar en margaritas, oro y lagos cristalinos.
Y en el nacimiento de las estrellas.
Siempre pensaría en el nacimiento de las estrellas.
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