No siempre sé cómo se empieza a hablar de un momento exacto de nuestras vidas.
A veces, sencillamente tienes que empezar por una palabra; Libertad.
Oh, pero esa palabra no siempre es suficiente, así que buscas un acompañante para la melódica composición de sentimientos y precedentes a los versos; Paz.
Y ahí tienes dos palabras: libertad y paz.
Ahora un sujeto, ¿quién?
¿Quién me hace sentir de esta manera tan... Explosiva, tan al borde de la más absoluta felicidad?
Él.
Yo.
Nosotros.
Y, así, es como empieza una historia...
•••
Cole y Lili se mecían lentamente en la hamaca, con la suavidad del viento susurrando promesas de primaveras eternas e inviernos cargados de flores.
El sol cada vez se encuentra más cercano al horizonte; el azul pálido del cielo pronto tornándose una volcánica escala de rojizos y lilas. Olía a madreselva y jazmines.
Lili tenía la cabeza apoyada en su pecho, acunada por el compás de cuatro por cuatro que cantaba su corazón a cada latido; algunos mechones rebeldes escapaban de su desastrosa coleta, cayendo sobre sus sienes. La hamaca se mecía de un lado a otro a la par que la punta de los dedos de Cole iban arriba y abajo sobre su brazo desnudo.
Había algo enigmático en la paz que se respiraba en aquel lugar.
El zumbido de los insectos, el crujir de las cuerdas de la hamaca, el olor a campo...
Incluso Cole olía distinto. No sabría decir a qué, pero sabía que era más humano; más Cole, de lo que Cole jamás hubiese sido.
Así que ahí estaban: meciéndose de un lado a otro en la hamaca de tela anaranjada, como un barco sin rumbo confiando en la voluntad de la marea. Y a su alrededor no había más que un mágico atardecer y el crujir de las cuerdas.
Lili alzó la mirada para encontrarse con el perfil de Cole: la línea que definía su mandíbula, sus simpáticos lunares, sus ojos verde-azulados perdidos en algún punto irreconocible del cielo.
Por supuesto que Cole estaría perdido en la magnitud del cielo.
Lili se tomó la libertad de admirarle en silencio mientras él no se percatase; la forma en que sus ojos devoraban cada centímetro del firmamento, la forma en que sus mechones rubios caían sobre su frente, la forma en que los músculos de su boca parecían tensarse ante algún oscuro pensamiento.
Lili se abrazó aún más a él para llamar su atención, sintiendo los músculos de su estómago estrecharse cuando hundió más los dedos.
Sus ojos verde-azulados ahora se centraban en ella, como si Eco y Narciso renaciesen y Narciso hubiese hallado en los ojos de Eco el sentimiento de demencia que sólo halló en su propio reflejo.
Cole le miraba como si fuese la estrella sobre la que se firmaron todas y cada una de las constelaciones; como si ella protagonizase todos los mitos griegos sobre la belleza y la condena de ser sirena en un mundo plagado de carreteras.
Se miraron en silencio unos instantes, dándose el deliberado poder de amarse como si fuesen los versos que recitaron Romeo y Julieta. El verde de ella y el verde-azulado de él; océano y la magia de la aurora boreal atrapadas en los espejos de unas prosaicas pupilas.
Al paso de unos segundos, se rindieron a una sonrisa absurda que no precisó preliminares ni fue sellada con un beso.
Se observaron, se adoraron y se sonrieron, como si se hubiesen enamorado de nuevo por primera vez.
Libertad; el suave tick y el correspondiente tack de sus latidos.
Paz; la paz entre latido y latido, componiendo una dulce melodía renacentista con el eco de sus dedos sobre su piel.
Él.
Ella.
Ellos.
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