La gama de colores de un atardecer se desvanece en espasmos con la forma de prematuras estrellas fugaces que surcan el cielo, inclinándose sobre las nubes, curiosas por cuán rojizas serán las hojas que caen este año; mientras, de nuevo, y bajo el riesgo de convertirse en un triste topicazo romántico, dos almas caminan entre la incertidumbre de jóvenes enamorados atrapados en su propia red de sonrisas y sonrojos.
Los ojos de ella grababan en la más nostálgica parte de su memoria el rojizo ardiente color de las copas de los árboles que hallaban consuelo en su convecina con suaves caricias y susurros de paganos romances de otoño; él sin embargo, se aseguraba de memorizar tanto de ella como su anciana memoria le permitiese.
Pese a que el sol sólo había comenzado a esconderse, casi como si brotaran de entre las setas, grupos de niños vistiendo las pieles de sus más grandes pesadillas, se repartían de puerta en puerta, con grandes sonrisas que prometían la utopía de la eterna juventud.
Caían los últimos reflejos dorados del sol sobre las más densas nubes, tiñéndolas de un cálido rosa que antojaba a cálidos atardeceres de verano en compañía del otro, sonriendo a la idea de amarse durante la imposible promesa de una eternidad, y ella sonreía, hundida en la nostalgia.
–¿Qué te ocurre, querida? –Preguntó él, sabiéndose ya la expresión ensimismada de su mujer; esa en la que el tiempo pasado parecía ser menos valioso que el mito de ver llover milagros y su rostro pasa por la inocencia de un niño cuyo corazón acababan de romper.
Ella sostuvo con mayor firmeza su mano, sintiendo la fría punzada al recordar la promesa que juró jamás romper: "nunca dejaré tu lado". El vacío contra su gélida palma le hizo suspirar.
–¿No lo echas de menos? – Dijo, abarcando el completo entorno con un simple suspiro angustiado. Él frunció el ceño, de esa misma forma que, irónicamente, le daba vida.
–¿Qué voy a echar de menos? Tengo a la mujer más increíble del mundo a mi lado, creo que pedir más sería injusto. – se justificó el, con una franca risa que se disolvió en una persistente tos.
–Muy gracioso, sabelotodo. –Se burló ella, poniendo los ojos en blanco. Llenó sus pulmones de aire, odiando la sensación de ausencia que vino después. – Venga, es otoño, ¡Halloween! Mírame a los ojos y dime... Dime que no desearías tener la oportunidad de...
Él se paró frente a ella; extrañaba el castaño color de sus ojos, y la forma en que estos conjuntaban con sus lunares. Aquellos que hicieron de su piel un mapa y de ella un tesoro.
Cogió aire, inútilmente, y miró a sus fríos irises, lejos del calor que solían desprender.
–Cariño, lo único que dolió el día que mori, fue perderte. La incertidumbre de no saber por cuánto tiempo no podría ver tu sonrisa– supo, que si hubiese dicho esto cuando ella aún estaba viva, se habría sonrojado y le habría dado un manotazo en el brazo– que no podría volver a amarte. Que no pudiésemos tenernos eternamente... Esto; este otoño, y todos los venideros... No son más que un aditivo. No los quiero si no son en compañía tuya.
Ella suspiró de nuevo, deseando poder abrazarlo.
–No sabes cuánto lamento haber sido incapaz de amarte en vida una vez te fuiste... Siento haber roto nuestra promesa...–Su mirada cayó al suelo, donde ella recordaba que estarían sus apreciados (y desgastados) botines del servicio militar, que hicieron estremecer incluso al gato.
Él rió con libertad y esta vez no hubo ninguna todos delatora, ninguna interrupción a su forma de disfrutar la noche; riendo, pero con ella. Siempre con ella.
–¿Y quién te dijo que mi promesa acababa cuando nuestros viejos corazones estuviesen demasiado cansados para latir? –Se burló esta vez él, tomando su mano con suma delicadeza para no invocar el constante recuerdo de su ausencia física.–Lo siento, querida, pero prometí amarte siempre, y aún ni siquiera terminado de enamorarme de ti.– Confesó, arrancando una suave sonrisa de sus una vez perfumados labios.
Rosas, sangre y perfume. Porque siempre se arrancaba pedazos de piel de los labios cuando él le hacía sonrojar. Y decidió que ese sería el único amor tóxico que se permitirían compartir.
–Vaya, y yo que creí que me había librado de tu huesudo trasero de carcamal arrugado. –Se lamentó ella en la ardiente memoria de una sonrisa.
Él rió, con la fuerza de un quinceañero, y continuaron su paseo.
Porque, arriesgándose a ser un triste clásico, se amaron.
Y bajo el riesgo de no vivir más de dos minutos, se amaron con la inmortalidad del recuerdo de dos niños que se sonrieron un atardecer de otoño e infinitos otoños más tarde, seguirían buscándose.
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