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25 jul 2020

“Amapolas y dalias”—Horacio e Ivanov, GTA Roleplay

—Buenas, comisario Ivanov...

La voz de Horacio fue cuidadosamente acompañada por un leve soplo de brisa. Las briznas de hierba que decoraban el cementerio, escoltando las lápidas, se inclinaron al susurro del viento.

Cuando aquella mañana despertó, supo de inmediato que la comisaría estaría hoy cubierta por un negro velo de luto; hoy hacía un mes de la muerte de Ivanov y Gonetti. 

Al levantarse llamó a Gustabo, comentándole que había pensado en ir a visitar al comisario, y le preguntó si quería ir con él a prestarle sus respetos antes de entrar al servicio, pero éste pronto comenzó a darle excusas: "no conocíamos tanto a Ivanov, igual les molesta", "Conway de enfadará si llegamos tarde", "Nunca has hablado de él, ¿por qué te importa tanto?", y demás. Llegó un punto en el que se cansó de oírlas, y se apresuró a decirle que no pasaba nada y que podía ir a comisaría primero ara encontrarse allí cuando acabase, y rápidamente cortó la llamada.

A veces, y últimamente demasiado a menudo, Gustabo le pillaba desprevenido con esa frialdad que tenía al hablar y esos muros tan altos y gruesos que se empeñaba en levantar entre él y el resto del mundo. De hecho, no podía negar que alguna vez hubiese llegado a pensar que no sentía dolor ni empatía alguna por todos los compañeros que habían perdido a lo largo del último mes, pero pronto se sentía decepcionado consigo mismo y se obligaba a cambiar ese pensamiento; ¿cómo podía pensar tan mal de alguien que había hecho tanto por él?

—Francamente no sé qué decir, yo...—Se intentó disculpar, llevándose la mano a la nuca, de repente sintiéndose incómodo al hablarle al frío granito que rezaba el nombre del agente, “Alexander Ivanov”.—La última tumba que visité fue la de mi padre, y lo único que hice fue dejar flores; ¿qué se supone que le dices al hombre que hizo la vida de tu madre un infierno, la obligó a irse y encima te daba una paliza cada noche porque te parecías a ella?

Horacio se arrodilló, y cuidadosamente depositó un ramo de amapolas y rosadas dalias.

—Tome, las compré esta mañana. —Dijo, volviendo a ponerse en pie. —Según la florista, las amapolas representan amor y memoria, y las dalias, gratitud—explicó. —Sé que si usted estuviera vivo, se reiría de mí y haría alguna broma sobre mi virilidad, —adelantó, encogiéndose de hombros—pero yo creo que todo el mundo merece flores en su recuerdo...Incluso gente como mi padre. 

Horacio guardó unos segundos de silencio, pagándole tributo a su compañero. Cuadrando los hombros, miró fijamente al nombre inscrito en el nicho, y selló su minuto de silencio con un saludo militar.

—Desearía haberle conocido, comisario, todos hablan maravillas de usted, sobre todo Volkov y Conway...—Confesó, sonriendo con tristeza. Respirando hondo, miró por unos instantes al frente para volver a mirar una última vez a la lápida. Tragó saliva. —Sé que seguramente no sea el mejor agente en el cuerpo. De hecho, estoy convencido de que soy el peor de la malla, independientemente de todas las bromas que hago sobre ser el héroe, sé que estoy muy por detrás de los demás policías, pero... Pero prometo mejorar para encontrar a los que te hicieron esto. No dejaré que se vayan,...No importa si yo soy el precio.

Una ráfaga sopló con audacia, acariciando las puntas de su cresta, haciéndole encogerse en su uniforme.

«No importa si el precio soy yo, Ivanov...No dejaré que se lleve a más agentes. Te lo prometo.»  

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