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19 jun 2020

“Cautiverio”



El agua meció la pequeña lápida de cristal, el tambaleo haciendo que la criatura dentro atrapada se encogiera, tiritando por la fría oscuridad que la rodeaba.

La pequeña sirena, con los brazos cansados de tanto empujar las paredes de su prisión, se rindió, abrazándose en su lugar para intentar consolar el temblor de sus hombros; su piel fría e irritada por la cal en el agua con la que habían llenado el minúsculo tanque. 

Contoneando su cola con miedo y lenta tristeza, miró alrededor, contemplando a lo que me sonreía desde las sombras, más allá de la estrecha caja donde la habían encerrado antes de esconderla en el remolque; podía ver gigantes letreros de letras grandes y coloridas, estructuras a piezas y escalofriantes sonrisas en rostros pintados de blanco con ojos saltones.  

No sabría medir cuánto hacía que la habían arrojado al interior de aquel camión, ignorando sus llantos y súplicas, haciendo oídos sordos a las miles de veces que gritó hasta que la voz se le afiló tanto en su desesperación que desgarró su propia garganta, lo único que recordaba era su propia voz repitiendo una y otra vez: “No, por favor, déjenme ir, por favor déjenme volver a casa...”

Se había roto las uñas arañando el cristal, y ahora su sangre se había disuelto en el agua hasta que sus heridas sanaron; los pulmones le ardían de suplicar por ayuda a la indiferente oscuridad que presenciaba su agonía y decidía ignorarla. De nada le servía llorar al vacío y rogar a la ausencia, ya sólo le quedaba respirar hondo y hacer lo que pudiese por recomponer lo que de ella quedaba y no se hubiese disuelto en el claustrofóbico estanque.

—No te preocupes, —se susurró entre torpes tartamudeos que no supo si achacar al frío,o al pánico que arrastraba sus lágrimas. Sentía que, a este paso, pasaría el tiempo que le quedase de vida llenando lo que quedaba de su ataúd con vistas con sus propios llantos desesperanzados —mañana todo irá bien mejor, hoy es ya muy tarde, y estás cansada...¿Por qué no...Intentas dormir un poco?

Intentando obedecer a su propio consejo, la temblorosa sirena se sumergió bajo el agua, meciendo su pequeño cuerpo, hiriendo las escamas de su cola con  el ácido tacto a la piel por culpa de los químicos vertidos en el agua. 

Bajo ella el motor rugía como los profundos ronquidos de una ballena que deambulaba, sonámbula, por las tranquilas aguas del océano cuando la noche se cernía sobre el mundo marino.

Cerró los ojos, intentando atrapar algo de sueño, pero pronto desconcentrándose con el angustioso eco de su corazón que latía con la lentitud de un árbol que, en otoño, era acunado con cariño en los brazos de la suave brisa que le sacudía y sentía miedo a derruirse en pequeños pedazos que el viento, traicionero, soplaría lejos de su alcance, perdiéndolos para siempre.

Tiritando en la soledad de su estrecho tanque de agua, la sirena sollozó en silencio mientras contemplaba el cruel cartel publicitario frente a ella: “¡La preciosa y grandiosa princesa de las aguas!”

Le dolió el corazón al leerlo, aferrándose con mayor desesperación a su propio abrazo al sentir un escalofrío contarle las escamas de la cola.

¿Cómo podían celebrar con tanta alegría su cautiverio? Y, si había unas palabras que le abrasaban la lengua al soñar con pronunciarlas, eran el mezquino apodo que le habían otorgado: “La princesa de las aguas”. 

Sólo su madre la había llamado así alguna vez, y tenía la sensación de que si su madre tuviese idea del tétrico y frío lugar al que la vida le había traído, no podría ni mirarle a los ojos de la vergüenza que sentiría. 

Porque, cuando aquellos hombres aparecieron y sobre ella lanzaron su pesada red, al igual que la brisa traicionera que los pedazos arrastró de ella, como árbol sacudido por su ráfaga, se perdió a sí misma en aquella borrasca. 



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