La Biblia dice: "Y todos ustedes, los hombres de guerra, tienen que marchar alrededor de la ciudad, dando la vuelta a la ciudad una vez. [...] Y siete sacerdotes deben llevar siete cuernos de carnero, delante del Arca, y al séptimo día ustedes deben marchar alrededor de la ciudad siete veces, y los sacerdotes deben tocar los cuernos. Y tiene que suceder que al hacer ellos son al cuerno de carnero [...] todo el pueblo debe soltar un grito de guerra; y el muro de la ciudad tiene que desplomarse..."
Y, efectivamente, ahí los tenía; todos en fila delante suyo, sus siete sacerdotes con brillantes placas, encañonándole con los cuernos de carnero que olían a pólvora. Todos dispuestos en una ordenada fila ante el coma rígidos como estatuas algo por Conway que caminaba sus espaldas, dando órdenes.
Pero, de todas la impecable fila de soldaditos disciplinados, había uno cuyos temblores malamente reprimidos rompían la perfecta armonía.
–Hoy se celebrará el fusilamiento de John Walker, alias El Gringo. –La dura voz de Conway parecía hacer el silencio aún más cortante, como una afilada cuchilla que se apretaba contra el cuello de los agentes, retando les a mantener la compostura romper la estricta pose. –Se le acusa de intento de secuestro a una gente, venta de drogas y presunta participación en el asesinato de la gente José Luis Torrente.
Gringo inspiró y miro fijamente al cuarto policía, cuyos hombros delataba su respiración agitada. Alzó el rostro, desafiante, mirando la tropa con sus armas cargadas.
»–A la orden de fuego, cada gente realizará un solo disparo. Todos al unísono.– Explicó. Por un segundo, se detuvo a mirar al condenado. –¿Algunas últimas palabras?
Gringo se encogió de hombros, ofreciéndole una media sonrisa que no encandiló al superintendente ni por un segundo.
–No me quedan trucos de magia, Conway.
El superintendente, satisfecho con su respuesta, devolvió su atención a los agentes.
–A mi señal.– Anunció.
Gringo respiró hondo, estirando la espalda y recolocando los pies donde le habían indicado.
–Prevenidos...
El cuarto agente miró, desesperado, al hombre de rastas rubias y piel morena. Cuantos más detalles de su anatomía lograba resaltar en su mente, más le cuesta mantener la mira fija.
–Apunten...¡Fuego!
–¡Conway, espere!–Rogó una voz, rompiendo la concentración de sus compañeros, quiénes ya tenían el dedo colocado sobre el gatillo, listos para disparar. Si hubiese tardado una milésima de segundo más, habría sido demasiado tarde.
El superintendente exhaló un quejumbroso y pesado gruñido.
–¿Qué coño pasa ahora, súper nena? –Preguntó, aburrido, viendo cómo daba un paso al frente.
El agente trago saliva para intentar deshacer el nudo que se le había hecho en la garganta.
–Solicito ser el que se encargue de la ejecución del sujeto. –Dijo, cuadrando los hombros, refugiándose en la estricta disciplina que Conway les había impartido para impedirse devolverle la mirada a los cálidos ojos verdes que lo observaban desde la pared.
Pudo ver sus cejas arquearse sobre el fino y dorado molde de las gafas.
–¿Motivo?– Interrogó, no del todo convencido con la arriesgada propuesta.
El agente miró de reojo al sujeto.
–Bueno, ehm...–Torpemente, trató de idear alguna excusa. Ahora había pasado a mirar de reojo al compañero a su izquierda, en busca de apoyo, pero este se limitó a ofrecerle una leve inclinación de cabeza, invitándole a continuar, ya que había sido lo bastante valiente como para interrumpir la ejecución. –Fue a mí a quien secuestró y cuya vida puso en riesgo... Quisiera ser yo el que le devuelva el detalle...
El Superintendente, pensativo, guardo silencio durante un inquietante y, para los policías a la espera de órdenes, largo rato. Finalmente, camino hacia la gente, sus seis compañeros retrocediendo un paso al unísono, temiendo la ira del hombre que se acercaba.
–Muy bien.– Aceptó, para sorpresa de todos. –Es todo tuyo... Con una condición; –confundido, vio como las callosas manos de su superior alcanzaban una de las pistoleras, sacando de ella un arma, una pistola reglamentaria– quiero que sea un tiro limpio en el corazón y otro en los pulmones. –Conway le entrego el arma mirándole fijamente a los ojos y cerrando su mano alrededor del objeto. –Y quiero que sea con el arma de Ivanov.
Era un miércoles soleado punto y coma el número calor se pegaba a su piel, y pesada que el solemne silencio que parecía acompañar a la muerte se hallaba entre ellos desde que llegaron a la Federal, las últimas palabras del superintendente puso sobre los hombros de sus policías un sólido sentimiento de luto que les hundía los hombros. Fred pude notar como las terminaciones nerviosas del comisario Volkov, a su izquierda, saludaban en un escalofrío.
Tomó el arma en sus manos, cargándola y quitándole el seguro bajo la atenta mirada de Conway, que le miraba por encima del molde de sus gafas de sol.
Se miraron una última vez a los ojos cuando el arma estaba cargada.
–De acuerdo, – finalizó Conway, ahora dirigiéndose al resto de la fila. –Atención: la ejecución será llevada a cabo por el subinspector Dan. Esperaremos a la salida. No se entretenga, subinspector.
Dicho esto, sus compañeros respondieron con un rápido y claro "10-4" y comenzaron a romper la fila en silencio, dejando solos a Dan y el Gringo. Sólo Fred se quedó el último, tomando aquel instante de "privacidad" para darle unas palmadas en el hombro a modo de ánimos.
Pronto se quedaron solos, él y Gringo. Dan no podía apartar la vista del arma que Conway había entregado.
Hubo un largo y tenso silencio entre ambos hasta que uno de los dos se decidió hablar.
–No estoy mirando a propósito. – Explicó, mirando de reojo al hombre frente a él. –Sea cual sea tu plan de huida, es el momento...
Ya no quedaba nada de la sarcástica sonrisa que había visto reflejada en las gafas de su superior.
–No le mentí a tu jefe, –respondió, frunciendo el ceño, molesto porque no le devolviera la mirada. ·Me he quedado sin trucos.
El policía lanzó un gruñido frustrado, reprimido por miedo a que pudieran oírles.
–Gringo, no puedo alargar esto eternamente, –insistió, mostrando sin querer una evidente dificultad para mantener la voz firme. –Tienes que-
–Horacio, no hay plan de huida coma no-
–¡Pero tienes que tener un plan! ¡Esto no puede acabar aquí, no puedo acabarlo yo!– Gimoteó, y parecía más una súplica que una protesta; una súplica que decía «por favor, no tengo salida, estoy en esto hasta el cuello, sálvate como puedas, porque yo no puedo salvarte. Por favor, por favor sálvate».
Esposado y tras una distancia de seguridad de unos cuatro metros, Gringo solo pudo ofrecerle una mueca afligida de disculpa mientras, frustrado, probaba forcejear con las esposas.
Odiaba tanto no poder hacer nada por consolar a su novio.
–¿Puedes acercarte? –Pidió, dándose por vencido con su resistente amarre. –Esta mierda de distancia de seguridad me está poniendo de los nervios...
Obediente, Horacio bajó el arma y se acercó. Ahora, cara a cara, con apenas unos veinte centímetros entre ellos, se sentía como si sus huesos de estuvieran astillando rápidamente, clavándose en sus músculos y perforándole la piel.
Se quitó la máscara, nervioso, dejándola caer a un lado. Gringo no había notado lo evidente que era el temblor en sus ojos, frenéticos, como si buscasen desesperados un lugar donde esconderse a la llamada de alerta de que un monstruo venía en su busca hasta ese momento. Le sorprendía que Conway tampoco lo hubiese visto.
Pese a la peliaguda, (por no tacharla de fatídica) situación, sintió la familiar calidez que siempre le invadía cuando le veía: una marea templada que le arropaba y le envolvía con cuidado, a salvo de la hostilidad y demencia del exterior.
–Ahí estás...– Murmuró, recibiéndole con una suave sonrisa de bienvenida que Horacio no se atrevió a intentar imitar; cuando alzó el rostro para mirarle, Gringo sólo pudo ver una expresión rota y hundida; con los labios tensados en una afilada mueca y los ojos llorosos enrojecidos. Sintió una fría punzada del grosor de un pequeño alfiler clavársele en el corazón ante el retrato de Horacio, su Horacio reducido a los escombros de una tragedia. –Dios, –gruñó, intentando forcejear de nuevo con las esposas para ir a consolar a su novio, –lo que daría por poder abrazarte ahora mismo...
Incapaz de contenerse por más tiempo, Horacio enfundó el arma y se derrumbó sobre Gringo, rodeándole el cuello con los brazos y hundiendo el rostro en el pequeño valle entre el cuello y su hombro, memorizando su olor entre afilados sollozos. Esta sería la última vez que pudiese sentirle tan cerca, que pudiese sentirle contra su piel, y quería aferrarse a este momento tanto como pudiese permitirse.
E, inevitablemente, Horacio rompió a llorar.
–Y-yo no quería nada d-de esto...– Tartamudeó, balbuceando contra la cálida piel de su novio. –N- no sé cómo pasó, t-tú y yo estábamos juntos y-y de repente...
–Shhh...– Trató de tranquilizarle, salvándole de caer de nuevo en la misma espiral oscura. Desde que les detuvieron en casa de Gringo, con numerosos policías armados hasta los dientes apuntándole directamente, Horacio no había parado de repetir una y otra vez las mismas palabras, aterrado. Él les había intentado explicar que Gringo no había hecho nada, que estaba bien, que estaba a salvo, pero Conway rápidamente había tachado el comportamiento de su agente de síndrome de Estocolmo, reafirmándose en su teoría cuando, al dar la orden de esposarle, Horacio se colocó entre él y sus compañeros, y desafió al superintendente: "No puedo permitir que le hagan nada, señor, ¡es inocente!". –Lo sé, cariño, –susurró, inclinando la cabeza hacia él. –Lo sé, no te preocupes...
–No quiero hacerlo. –Declaró, con toda la firmeza que podía permitirse en su situación. Gringo pudo notar cómo, ante la imagen de cuál era la orden que le había sido asignada, se aferraba a él con mayor desesperación, hundiendo las uñas en sus omóplatos, temiendo que en cualquier momento su figura pudiese desdibujarse de su lado, perdiéndose bajo la abrasadora luz del sol. –N-no puedo hacerlo, ¡no puedo matarte!
Pero Horacio sabía que, de todos los fatídicos finales, este era el menos horroroso de todos para su novio, y en cierto modo para él: si sus compañeros disparaban, por cada bala que se hundiese en el cuerpo de Gringo, Horacio pasaría una década recordando con rencor cómo la señal de fuego de Conway fue lo que apagó la luz en los ojos verdes que con tanto cariño había aprendido a observar en silencio. Podía vivir con la carga de ser él quien empuñase el arma; podía lidiar con el odio y el asco que sentiría por sí mismo una vez hubiese cumplido su tarea. Se lavaría el cuerpo una y otra vez ese día, hasta que la esponja le arrancase la piel enrojecida e irritada que el agua hirviendo de la ducha le habría dañado intentando, perseguido por sus pesadillas, librarse del recuerdo de la sangre y de las caricias de Gringo, que ya no se merecería.
Podría odiarse eternamente por esto, llevaba odiándose por muchos años, por eso pidió ser él quien llevase a cabo la tarea.
–Hey, – le llamó Gringo, captando el nervioso revoloteo de sus brillantes iris cuando ambos disolvieron el abrazo, dando un paso atrás. Había comenzado a hiperventilar. –Hey, cariño, sé que no quieres, no pasa nada.
Cuando logró que sus ojos se fijaran en él, se obligó a tragarse el evidente miedo que se deslizaba por sus venas, entumeciéndole las manos, recordándole que en la pistolera que colgaba de la cintura de su novio había un arma cargada, cuya primera bala llevaba su nombre. –Tú puedes, sé que puedes hacerlo; tú puedes con todo.
–P-pero...–Sollozó Horacio, mirándole, sin esperanza.
–Lo hacemos rápido, ¿vale? –Le interrumpió. –Mírame a los ojos y todo irá bien.
Mirarle a los ojos.
De alguna manera, la idea le aliviaba y le despedazaba a partes iguales; había pasado tantas horas contemplando la claridad de sus iris, admirando la paleta de luces y sombras verdes, que había hallado en ellos un refugio donde esconderse cuando todo cobrase demasiado sentido en el mundo; "Hey, tranquilo" le había dicho, sosteniendo su mano con firmeza, entrelazando sus dedos, cuando de repente todo se había vuelto muy intenso y el mundo ahí fuera comenzaba a angustiarle, "mírame a los ojos; todo irá bien."
Ahora, la idea de tener que concentrarse en ellos aun cuando la luz se apagaba y los colores se volvían pálidos y sin vida, le cortaba la respiración.
–Te quiero. –Dijo. Las primeras palabras que lograba pronunciar sin sentir que se le enredaban en las cuerdas vocales. –Te quiero, te quiero muchísimo. Y no quiero hacer esto, no quiero hacerte daño.
Gringo le sonrió con tristeza, sintiendo que su corazón se detenía por unos instantes; no le culpaba, él también quería unos segundos para memorizar todo en aquella sencilla confesión. La suavidad con que hablaba en contraste con las curvas bruscas y forzadas en dolorosas muecas que formaba su boca al hablar, la forma en que su voz se rompió al decir "daño".
Podía morir en paz pensando que las últimas palabras que oyó de él fueron un "te quiero" sincero; porque los "te quiero" de Horacio siempre eran sinceros, aunque no quisiera decirlos. A veces se le deslizaba, se le escurría entre los labios, pero era suficiente para aliviarle el alma: "te quiero, Gringo".
–Yo también te quiero, Horacio...– Susurró, sintiendo un nudo en la garganta al aclararse la voz. El miedo a perderle le había resquebrajado la voz a traición, y ahora Horacio era consciente del miedo que con tanto cuidado se había molestado en barrer bajo su piel. – Por favor, acabemos ya con esto...
Horacio reconoció esa urgencia: era la misma que siempre había usado cuando tenía que tenía que acudir a alguna reunión en la que, evidentemente, estaría Volkov y Gringo tenía que traerle en coche, o la misma en la que se había refugiado al principio de comenzar a salir juntos cuando Horacio sacaba, sin querer, el tema de su pasado.
Era su forma de hacer creer que nada podía hacerle daño; su forma de hacerse creer a sí mismo que si lo ignoraba, no sentiría el dolor, ni el miedo, ni la tristeza. Como si intentasen cortarle, pero al no ver la sangre correr, no pudiese sentirla manar de su herida, ver el escarlata deslizarse sobre su piel morena, pero no sentirla resbalar.
–Todo irá bien. –Repitió, ya no para convencerse a sí mismo, sino para consolar a su novio. Quizá a él le consolara tanto como su voz conseguía mecerle de vuelta a la calma. Podía ver dos oscuras y finas hileras oscuras tejerse camino abajo por sus mejillas; dos surcos que brotaban en sus ojos y se desmoronaban bajo la línea de su mandíbula, algunas encontrándose en su barbilla. –Será rápido, y todo irá bien...
Horacio, con la mano temblorosa, alcanzó el arma de su pistolera, desenfundándola lentamente y apuntando. La mira enfocaba al corazón. Sería la única norma que se permitiría romper de su pacto con Conway: ni sería lento, ni sería tan vengativo como le había exigido. Ya se encargaría de su superior más tarde.
Gringo, interpretando la forma en que su respiración se había regulado, asintió levemente y respiró hondo, reconociendo la repentina necesidad de controlar su respiración como algún consejo que debieron darle, seguramente en sus comienzos como policía, para cuando tuviese que disparar a alguien. Horacio siempre se había sentido reacio a disparar, se lo había confesado numerosas veces; no tenía problema con tasear, pero la potencia y el peso de disparar a alguien le entumecía las manos y le llenaba la cabeza de ruido blanco. "Controla la respiración, es la clave; si consigues convencer a tus pulmones de que todo está bien, volverán a mandarle el aire necesario al cerebro y ya no se te entumecerán los músculos", le habrían dicho.
Mientras veía cómo su dedo se movía hacia el gatillo, Gringo siguió su propio consejo y se centró en memorizar tanto como le fuese posible de su rostro, lo cual, basándose en la forma en que los iris de Horacio saltaban la brecha de sus labios y cruzaban el puente de su nariz, asumió que él también estaba haciendo mientras se preparaba mentalmente para apretar el gatillo.
Se fijó en sus labios, forzando tantos recuerdos como pudo recolectar de él pronunciando su nombre, esta vez atendiendo a la forma en que se curvaban sus comisuras en una sonrisa; apreció la forma en que el color castaño de sus ojos pasaba a cuidadosos trazos de fondos oscuros a sombras doradas que resplandecían bajo el sol. Pensó en las noches compartidas, con la ventana abierta y el uno acostado junto al otro, con su brazo rodeándole y él usando su cuerpo de refugio; evocó el cantarino eco de su risa cuando Gringo lograba hacerle reír, o de las pocas veces en que se había permitido traerse a Gustabo consigo para algo que no fuera un encuentro con Nadando. Admiró por última vez la forma en que la brisa caliente cepillaba su cresta y mecía algunos pechones platinos.
–Horacio,– le llamó, –¿podrías...? ¿Podrías quedarte conmigo hasta que...?
Viendo la forma en que su voz se trababa, Horacio asintió, compartiendo con él una mirada cómplice.
–Sí, claro que me quedaré contigo. –Confirmó, incapaz de reprimir un último sollozo discreto al pensarlo. –Siempre; no me moveré de tu lado.
Y, efectivamente, lo haría: cuando apretase el gatillo, no dejaría que su cuerpo se derrumbara sobre el suelo, sino que lo sostendría en sus brazos, y con cuidado lo tumbaría sobre su regazo y le acariciaría la cabeza hasta que sus párpados se volviesen demasiado pesados, y el cansancio finalmente le llevase a un profundo y oscuro sueño. Se quedaría con él en todo momento, y mientras tanto se aseguraría de que su voz fuese el último pensamiento que le cruzase la mente mientras susurraba una y otra vez llorosos "te amo".
Tal y como Gringo había hecho siempre que pesadillas sobre su pasado le había atormentado por las noches, arrancándole de su sueño con un llanto atascado en la garganta; Gringo contestaría a la llamada, o se despertaría y le ayudaría a volverse a dormir, esta vez sin pesadillas.
–Te quiero, Gringo. –Susurró, y antes de que pudiese responder, apretó el gatillo.
No merecía oír que él también le quería, no cuando apretaba el gatillo, no cuando tendría que llorar sobre su cuerpo sin vida en silencio para que sus compañeros no le oyesen. No se merecía oír que le quería. Nunca lo había merecido.
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