Horacio alzó la vista al cielo, las estrellas observándole desde arriba con su tenue brillo, apenas la pequeña linterna de millones de luciérnagas que deambulaban por la noche en busca de algún lugar para poder dormir. Se le antojaba algo vertiginoso, el mirar al cielo; siempre tan lejano y tan fragmentado, como un puzzle que le llevaría la vida entera para resolver.
Sabía que frente a él había un precioso y extenso lago, podía oírlos susurros de la brisa arrastrando el agua, y estaba seguro de haber llegado a captar alguna que otra vez el aleteo de un pececillo con dificultades para dormir.
Todo estaba en calma, y a la vez, la ciudad seguía tan despierta como siempre lo había estado: oía los neumáticos de coches acelerando en alguna curva que no debían, y veía en el agua neones de colores radiantes reflejados, fragmentándose por el persistente soplo refrescante que movía las durmientes aguas del lago. Estaba seguro de oír música en alguna parte, y de vez en cuando podía pillar las sobras de una conversación lejana, apenas las carcajadas a un mal chiste que a altas horas de la noche cualquiera encontraba fascinante.
Los Santos seguía tan despierto como siempre, pero... ¿Entonces qué lo hacía diferente?
—Perdón por dejarte solo, era una llamada de trabajo.
Oh, eso lo hacía diferente; totalmente diferente. De hecho, nunca jamás en su vida habría sospechado que una oración tan sintácticamente sencilla como “¿Quieres que salgamos a dar una vuelta cuando acabe mi turno?” podría acarrear un peso emocional tan complejo.
—No te preocupes, —sonrió, intentando disimular que le había sorprendido al reaparecer de repente; se había apartado un segundo para responder a la llamada, por lo que Horacio se quedó solo frente a la magnitud de la noche, y no pudo evitar ser arrastrado por sus pensamientos —¿todo bien? ¿Necesitas que te acerque al hospital?
Claudio meneó la cabeza con una sonrisa amable, poniéndole una mano en el brazo a modo de consuelo, intentando tranquilizarle.
—No te preocupes, era sólo una duda y queda completamente resuelta, vuelves a tener toda mi atención. —Aseguró, regalándole de nuevo una cálida sonrisa que Horacio a duras penas pudo devolver.
Claudio no parecía nunca molesto, no con él; ni siquiera ahora que sus respuestas eran castas y escasas cuando él se esforzaba tanto por ser amable, pero Horacio comenzaba a comprender por qué era por la noche que todos se iban a dormir...Había cosas que era mejor contemplarlas únicamente acompañado de tu almohada. La nostalgia podía ser nociva y corrosiva cuando el ruido cotidiano que te mantenía distraído del sentimiento de añoranza se iba a dormir.
Claudio se dio la vuelta, de cara al lago, y se apoyó en la pequeña valla que separaba a los más pequeños de un chapuzón repentino. Como Horacio, alzó ligeramente la cabeza, sus ojos azules, cristalinos, balanceándose de estrella a estrella, buscando cualquier historia que pudiese contar, intentando hallar bajo los astros, la forma de romper el pesado silencio entre ambos. Pero era algo irónico pedirle al cielo cuentos con personajes de corazones que nunca hubiesen sido rotos, cuando cada estrella que constituíamos firmamento, creía Horacio, era un pedacito de corazón que había perdido por cada noche que buscaba la luna al sol y no lo encontraba.
—Algo que me gusta mucho pensar de mi trabajo, es que no necesariamente tiene por qué ser completamente lejano a la filosofía tan poética que se suele tener de cosas tan humanas como el amor, o, en su defecto, el dolor causado por éste. —Comenzó a explicar de repente. Seguía con la mirada perdida en el cielo, mientras que para Horacio la idea de estar contemplando las mismas estrellas se le hizo demasiado sofocante, y no podía levantar la vista de la sombra de pequeños peces cobrizos que se disolvían entre las sombras del lago. —Ya sabes, leemos la misma novela, salvo que en distintos idiomas.
—¿Y qué dice la medicina sobre sentir un gran dolor en el pecho que no te deja dormir? —Preguntó, su voz apenas un susurro; una parte de él temía que si hablaba demasiado alto, todo lo que tardó en convencerse de que había superado a Volkov, habría sido en vano. — ¿Y sobre una sensación de mareo que no te permite pensar en algo que no sea...Eso?
El Dr. Muerte rio de nuevo, con modestia y cautela, intentando que su risa no fuese más allá de un puntual susurro enérgico, pero Horacio se contagió de ella, ofreciéndola una pequeña sonrisa acompañada de una risa sin ganas, demasiado parecida a una tos débil como para considerarla una carcajada.
Se volvió a erguir, girándose de nuevo para mirarle a los ojos, a unos pasos escasos pasos de él.
—Lo más probable es que te dijesen que me hicieses una visita en el hospital. —Bromeó, poniéndole una mano en el hombro a modo de consuelo físico. Horacio suspiró.
Sabía perfectamente que no tenía motivos para sentirse culpable, igual que se había obligado a pensar que su tristeza era pasajera; no tenía por qué sentirse culpable por haber aceptado la cita con Claudio, no tenía por qué masticar varias veces la palabra “cita” antes de poder pronunciarla, no tenía por qué pensar en Volkov y sentir que le traicionaba, (porque, a estas alturas, de nada servía creer que Volkov era un rostro ajeno a la tormenta de dudas y truenos que se desataba en su cabeza últimamente con demasiada frecuencia) pero aún así, no podía evitar sentir que a veces el cielo no se asomaba a observarle, sino que se dejaba caer sobre su pecho y le aplastaba las costillas.
—Pero si algo es cierto, es que, con el tratamiento adecuado...El dolor de corazón puede sanarse. —Añadió, mirándole fijamente a los ojos. Al hablar, a Horacio le llegaba un endulzado aroma a menta y azúcar que le hacía cosquillas al respirarlo, y una sonrisa triste se comenzaba a tejer lentamente en su rostro, enmarcada por sus comisuras, cuando le hablaba con su voz suave y tersa, como una caricia al gato que se habían echó un ovillo y temblaba por el frío que corría por las calles. —Sólo necesitas encontrar a alguien a quien no le tiemble el pulso al tratar tu corazón...
El comisario Volkov observó fijamente la escena desde el asiento del copiloto.
Viéndola, tenía la sensación de que una costura de su corazón se hubiese enganchado a alguna esquina por accidente, y cada vez que llenaba de aire sus pulmones, tiraba un poco más, deshilándole lentamente, condenado a soportar el lento y denso dolor sin poder pararlo.
—Vayámonos, Greco. —Dijo; su compañero no sabría decir si era una orden, o si su entonación iba dedicada a la plegaria. Lo único que sabía, es que su voz sonaba cansada, vencida y derrotada. —Aquí no nos queda da por ver...
El motor de su coche rugía más allá de unos arbustos, escondido entre los espectrales foco de las farolas, cuya luz se derramaba sobre el asfalto de las carreteras. Lo habían aparcado allí unos minutos atrás, cuando por fin habían dado con el paradero de Horacio.
—¿De qué hablas?— Pareció protestar el comisario Greco, inclinándose sobre el volante para alcanzar a ver algo. —Volkov, no me sea cobarde, ¡ni siquiera se han dado la mano, salga ahí y dígale de una vez lo que siente!
Volkov echó un último vistazo antes de apartar la mirada: Horacio y el Dr. Muerte se miraban, charlaban,...Incluso estaba seguro de ver un esbozo de sonrisa en el rostro del agente alguna que otra vez, pero que pronto se consumía. Se tocaban, se buscaban en una caricia o un roce, se encontraban... No había nada difícil entre ellos, no había límites, no había riesgos ni barreras que les encerrasen. Podía notarlo por la forma en que, por primera vez, veía a Horacio sin los hombros tensos ni la espalda tan recta que le dolía con tan sólo verla.
—No necesito ver cómo se piden matrimonio para saber que yo ahí no haría más que daño, coño. —Maldijo, apartando la vista de la ventanilla por mirar al frente, sintiéndose incapaz de digerir la sensación dear siendo deshilachado como un juguete viejo al que le engulló el pollo cuando dejó de ser interesante para su dueño. —Sáqueme de aquí, necesito un vodka.
Dejando que un largo y confundido suspiró fuese su única respuesta, Greco quitó el freno de mano y pisó el acelerador lentamente, dejando atrás la imagen de Horacio y el Dr. Muerte mientras se alejaban, adentrándose en las entrañas de la ciudad en busca de algún lugar donde su derrotado compañero pudiese brindarle, de nuevo, un amargo trago a su suerte.
Sabía que frente a él había un precioso y extenso lago, podía oírlos susurros de la brisa arrastrando el agua, y estaba seguro de haber llegado a captar alguna que otra vez el aleteo de un pececillo con dificultades para dormir.
Todo estaba en calma, y a la vez, la ciudad seguía tan despierta como siempre lo había estado: oía los neumáticos de coches acelerando en alguna curva que no debían, y veía en el agua neones de colores radiantes reflejados, fragmentándose por el persistente soplo refrescante que movía las durmientes aguas del lago. Estaba seguro de oír música en alguna parte, y de vez en cuando podía pillar las sobras de una conversación lejana, apenas las carcajadas a un mal chiste que a altas horas de la noche cualquiera encontraba fascinante.
Los Santos seguía tan despierto como siempre, pero... ¿Entonces qué lo hacía diferente?
—Perdón por dejarte solo, era una llamada de trabajo.
Oh, eso lo hacía diferente; totalmente diferente. De hecho, nunca jamás en su vida habría sospechado que una oración tan sintácticamente sencilla como “¿Quieres que salgamos a dar una vuelta cuando acabe mi turno?” podría acarrear un peso emocional tan complejo.
—No te preocupes, —sonrió, intentando disimular que le había sorprendido al reaparecer de repente; se había apartado un segundo para responder a la llamada, por lo que Horacio se quedó solo frente a la magnitud de la noche, y no pudo evitar ser arrastrado por sus pensamientos —¿todo bien? ¿Necesitas que te acerque al hospital?
Claudio meneó la cabeza con una sonrisa amable, poniéndole una mano en el brazo a modo de consuelo, intentando tranquilizarle.
—No te preocupes, era sólo una duda y queda completamente resuelta, vuelves a tener toda mi atención. —Aseguró, regalándole de nuevo una cálida sonrisa que Horacio a duras penas pudo devolver.
Claudio no parecía nunca molesto, no con él; ni siquiera ahora que sus respuestas eran castas y escasas cuando él se esforzaba tanto por ser amable, pero Horacio comenzaba a comprender por qué era por la noche que todos se iban a dormir...Había cosas que era mejor contemplarlas únicamente acompañado de tu almohada. La nostalgia podía ser nociva y corrosiva cuando el ruido cotidiano que te mantenía distraído del sentimiento de añoranza se iba a dormir.
Claudio se dio la vuelta, de cara al lago, y se apoyó en la pequeña valla que separaba a los más pequeños de un chapuzón repentino. Como Horacio, alzó ligeramente la cabeza, sus ojos azules, cristalinos, balanceándose de estrella a estrella, buscando cualquier historia que pudiese contar, intentando hallar bajo los astros, la forma de romper el pesado silencio entre ambos. Pero era algo irónico pedirle al cielo cuentos con personajes de corazones que nunca hubiesen sido rotos, cuando cada estrella que constituíamos firmamento, creía Horacio, era un pedacito de corazón que había perdido por cada noche que buscaba la luna al sol y no lo encontraba.
—Algo que me gusta mucho pensar de mi trabajo, es que no necesariamente tiene por qué ser completamente lejano a la filosofía tan poética que se suele tener de cosas tan humanas como el amor, o, en su defecto, el dolor causado por éste. —Comenzó a explicar de repente. Seguía con la mirada perdida en el cielo, mientras que para Horacio la idea de estar contemplando las mismas estrellas se le hizo demasiado sofocante, y no podía levantar la vista de la sombra de pequeños peces cobrizos que se disolvían entre las sombras del lago. —Ya sabes, leemos la misma novela, salvo que en distintos idiomas.
—¿Y qué dice la medicina sobre sentir un gran dolor en el pecho que no te deja dormir? —Preguntó, su voz apenas un susurro; una parte de él temía que si hablaba demasiado alto, todo lo que tardó en convencerse de que había superado a Volkov, habría sido en vano. — ¿Y sobre una sensación de mareo que no te permite pensar en algo que no sea...Eso?
El Dr. Muerte rio de nuevo, con modestia y cautela, intentando que su risa no fuese más allá de un puntual susurro enérgico, pero Horacio se contagió de ella, ofreciéndola una pequeña sonrisa acompañada de una risa sin ganas, demasiado parecida a una tos débil como para considerarla una carcajada.
Se volvió a erguir, girándose de nuevo para mirarle a los ojos, a unos pasos escasos pasos de él.
—Lo más probable es que te dijesen que me hicieses una visita en el hospital. —Bromeó, poniéndole una mano en el hombro a modo de consuelo físico. Horacio suspiró.
Sabía perfectamente que no tenía motivos para sentirse culpable, igual que se había obligado a pensar que su tristeza era pasajera; no tenía por qué sentirse culpable por haber aceptado la cita con Claudio, no tenía por qué masticar varias veces la palabra “cita” antes de poder pronunciarla, no tenía por qué pensar en Volkov y sentir que le traicionaba, (porque, a estas alturas, de nada servía creer que Volkov era un rostro ajeno a la tormenta de dudas y truenos que se desataba en su cabeza últimamente con demasiada frecuencia) pero aún así, no podía evitar sentir que a veces el cielo no se asomaba a observarle, sino que se dejaba caer sobre su pecho y le aplastaba las costillas.
—Pero si algo es cierto, es que, con el tratamiento adecuado...El dolor de corazón puede sanarse. —Añadió, mirándole fijamente a los ojos. Al hablar, a Horacio le llegaba un endulzado aroma a menta y azúcar que le hacía cosquillas al respirarlo, y una sonrisa triste se comenzaba a tejer lentamente en su rostro, enmarcada por sus comisuras, cuando le hablaba con su voz suave y tersa, como una caricia al gato que se habían echó un ovillo y temblaba por el frío que corría por las calles. —Sólo necesitas encontrar a alguien a quien no le tiemble el pulso al tratar tu corazón...
El comisario Volkov observó fijamente la escena desde el asiento del copiloto.
Viéndola, tenía la sensación de que una costura de su corazón se hubiese enganchado a alguna esquina por accidente, y cada vez que llenaba de aire sus pulmones, tiraba un poco más, deshilándole lentamente, condenado a soportar el lento y denso dolor sin poder pararlo.
—Vayámonos, Greco. —Dijo; su compañero no sabría decir si era una orden, o si su entonación iba dedicada a la plegaria. Lo único que sabía, es que su voz sonaba cansada, vencida y derrotada. —Aquí no nos queda da por ver...
El motor de su coche rugía más allá de unos arbustos, escondido entre los espectrales foco de las farolas, cuya luz se derramaba sobre el asfalto de las carreteras. Lo habían aparcado allí unos minutos atrás, cuando por fin habían dado con el paradero de Horacio.
—¿De qué hablas?— Pareció protestar el comisario Greco, inclinándose sobre el volante para alcanzar a ver algo. —Volkov, no me sea cobarde, ¡ni siquiera se han dado la mano, salga ahí y dígale de una vez lo que siente!
Volkov echó un último vistazo antes de apartar la mirada: Horacio y el Dr. Muerte se miraban, charlaban,...Incluso estaba seguro de ver un esbozo de sonrisa en el rostro del agente alguna que otra vez, pero que pronto se consumía. Se tocaban, se buscaban en una caricia o un roce, se encontraban... No había nada difícil entre ellos, no había límites, no había riesgos ni barreras que les encerrasen. Podía notarlo por la forma en que, por primera vez, veía a Horacio sin los hombros tensos ni la espalda tan recta que le dolía con tan sólo verla.
—No necesito ver cómo se piden matrimonio para saber que yo ahí no haría más que daño, coño. —Maldijo, apartando la vista de la ventanilla por mirar al frente, sintiéndose incapaz de digerir la sensación dear siendo deshilachado como un juguete viejo al que le engulló el pollo cuando dejó de ser interesante para su dueño. —Sáqueme de aquí, necesito un vodka.
Dejando que un largo y confundido suspiró fuese su única respuesta, Greco quitó el freno de mano y pisó el acelerador lentamente, dejando atrás la imagen de Horacio y el Dr. Muerte mientras se alejaban, adentrándose en las entrañas de la ciudad en busca de algún lugar donde su derrotado compañero pudiese brindarle, de nuevo, un amargo trago a su suerte.
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