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30 may 2020

“Un merecido descanso”—Fanfic de GTA rolplay// Volkacio

Volkov gruñó a medida que la luz que entraba por la cristalera del salón disipaba la poca consistencia en su sueño que le quedaba, sus sentidos despertándose poco a poco, dejando que se acostumbrase a la luz, la textura del sofá y de su ropa de ayer y al dolor de cuello que dormir en el sofá le había causado. ¿Por qué demonios había dormido en el sofá teniendo su habitación a apenas unos...?

El sigiloso susurro de una respiración proveniente de su cuarto le refrescó la memoria de repente, los recuerdos acumulándose en su cabeza esperando a ser ordenados. 

Tras la emisión del Fame or Shame, Volkov había invitado al Súper Intendente, al agente Greco y a Horacio a tomar una copa en su casa como celebración por la primera edición del programa y los buenos resultados que había dado. Mientras que Conway y Greco habían decidió tomarse apenas un whisky, Horacio aceptó su sugerencia y se tomó el TGV, pero esto resultó ser demasiado para él y acabó desplomándose en el suelo de su habitación. Muy a su pesar, su conciencia no le permitiría irse a dormir dejándole ahí tirado en el suelo, así que cuando terminó su hora de servicio y volvió a casa, se vio obligado a acostarle en la cama. 

No era la idea que más le entusiasmase, francamente, pero parte de él prefería eso a que hubiese intentado coger el coche en ese estado para volver a casa, más aún de noche.

Volkov se irguió, estirándose mientras emitía un largo y despreocupado bostezo. Sentía todo su cuerpo algo entumecido, seguramente por la postura en la que tuvo que dormir debido a la estructura del sofá. Llenó sus pulmones de aire, y dejó que sus huesos se recolocasen entre crujidos y chasquidos.

Caminó hasta su habitación, captando de pasada el bulto bajo las sábanas que dormía plácidamente, su respiración relajada. Debía estar tapado hasta la cabeza, porque apenas veía briznas de su flequillo asomar de entre las sábanas, todo despeinado.

—Manda narices que haya tenido que pasar la noche en el sofá porque este hombre no sepa beber...—Maldijo el comisario, colándose sigilosamente en la habitación y caminando de puntillas hasta el armario, de dónde sacó una camisa, ropa interior y unos pantalones para ponerse. Seguidamente se acercó unos pasos a su cama, la ropa colgando en sus brazos. —Agente Horacio, —le llamó— es hora de levantarse.

Evidentemente, el primer intento fue nefasto; Horacio no se movió apenas un milímetro, y ahora había empezado a hablar en sueños.

—Madre...—Murmuró Horacio, su rostro sepultado en las mullidas almohadas del comisario, que le miraba con aburrimiento desde los pies de la cama. Volkov puso los ojos en blanco.

—Mhm, sí, por supuesto, “madre”, lo que usted diga. —Dijo mientras caminaba hasta la puerta del cuarto de baño acoplado a la habitación. Antes de cerrar la puerta, se asomó una última vez por el umbral y miró al gran bulto de mantas que dormía en su cama. —Escuche, si quiere que le lleve a comisaría más le vale levantarse, porque no pienso llegar tarde por usted. 

Acto seguido entró en el baño y cerró con pestillo, no quería imaginar las tonterías que diría Horacio si se despertase, fuese al baño y le viese con apenas su concepto de pijama: una camiseta de algodón y la ropa interior. 

No tardó mucho en salir de la ducha, una nube de vapor siguiéndole mientras llevaba su “pijama” hecho una maraña a la cesta de la ropa sucia, repitiéndole a Horacio que despertase si quería que le llevase a comisaría mientras pasaba junto a la cama para salir de la habitación.

Tras unos cuantos minutos en los que recogió un poco la casa y desayunó, (por lo general no desayunaba en casa, sino que de camino a comisaría intentaba comprarse algo para comer para ahorrarse tiempo en la mañana, pero mientras intentaba hacer tiempo para que Horacio se despertara y, quizá, duchara, terminó preparándose un café que acompañó con un par de rebanada de pan ya tostado untado en mermelada agria de naranja) fregando después los platos. Una vez se hubo quedado sin más formas con las que ganar tiempo, decidió intentarlo una última vez antes de irse. Era la última oportunidad que le daba o tendría que ingeniárselas para llegar al trabajo.

—Por el amor de Dios Horacio, —maldijo Volkov ya entrando en la habitación y situándose frente a él, a un lado de la cama —¿usted es un hombre o una puta marmota?

Horacio murmuró, aún en sueños, mientras se encogía aún más bajo las sábanas, disfrutando dl suave calor contra su piel. 

—Gustabo...—Murmuró. Volkov hizo amago de sacudirle un poco el hombro para despertarle, cuando volvió a hablar. —...Perdóname Gustabo...

El comisario se detuvo, arqueando una ceja ante la inconsciente disculpa del agente. 

Lo más probable, conociendo a Horacio y Gustabo y teniendo en cuenta que estaba hablando dormido, es que o no hubiese motivo para una disculpa, o que este fuese extremadamente estúpido, pero aún así una parte dentro de Volkov rogaba, inquieta, que continuase con su disculpa.

Se aclaró la garganta.

—¿Cómo que te perdone, Horacio?—Inquirió, imitando de forma un tanto ridícula la voz del compañero. Tuvo que morderse el labio inferior un par de veces para controlar la risa; la situación no podía ser más ridícula. —¿Por qué dices eso, tío?

Al principio, Horacio no le dio ninguna respuesta, lo que en parte le hizo perder un poco la esperanza a Volkov, que esperaba poder sacar de aquella mañana al menos un inocente cotilleo con el que poder fastidiar a la pareja de amigos por la que había tenido que dormir en el sofá. Sin embargo, cuando estaba a punto de rendirse, diciéndose que evidentemente eso no iba a funcionar, volvió a hablar:

—...No hay...No mmm-hay obras en mmi cas...Casa...—Farfullaba. El comisario, confundido, no pudo evitar fruncir el ceño y reír, tan flojo como pudo imponerse a sí mismo; su suave risa recorrió el silencio de la casa, abriéndose paso como el espíritu de una niña que jugaba a huir de la familia que la invocaba. Sólo Dios sabía a santo de qué Horacio le habría contado esa mentira. 

Su risa era cada vez más complicada de controlar y mantener en un tono bajo cuando intentaba dejar de reír para volver a interpretar a Gustabo y preguntarle, ya por pura curiosidad, por qué le mintió acerca de su casa. Estaba empezando a alzarse mucho la voz de sus carcajadas de risa floja, y por poco no oyó lo siguiente que dijo:

“No podía decirte que mi madre me echó de casa el día que te traje...”

A Volkov se le acabaron las ganas de reír de repente.

Horacio, ¿cuándo crees que podremos volver a tu casa? —Preguntaba Gustabo, pateando una pequeña piedra mientras caminaban por el callejón de vuelta a su refugio. —¿Crees que ya habrán acabado con la obra?

Horacio guardó silencio mientras su amigo se distraía con la pequeña piedrecita que pateaba para, dos metros más adelante, patearía de nuevo.

Aquella mañana habían salido más temprano a por comida, ya que en los supermercados los viernes hay muchísima más gente por la mañana por la bajada de precios, que por la tarde, y eso les facilitaba mucho las cosas para guardarse la comida en el abrigo y salir sin ser descubiertos. Ahora volvían a casa con los abrigos cargados, y la tormenta que les mantuvo despiertos la noche anterior, asustados, hizo que hoy se sintieran muchísimo más cansados, como si todos los músculos se les hubiesen vuelto de cemento húmedo por dormir bajo las goteras de su refugio. 

—¿Horacio?—Insistió Gustabo, asegurándose de que estuviese escuchándole. 

Su pregunta había sido formulada con tanta ligereza, que esperó, al oírla, que pesase tan poco como una pluma, pero cuando quiso responderle, todo su cuerpo se agarrotó de miedo, y sus cuerdas vocales se estremecieron. 

No quería responder. Hacía seis meses que habían dejado atrás aquel edificio que, tontamente, había llamado “casa” durante sus catorce años de vida, y hasta ahora habían salido adelante sin la ayuda de nadie más que la del otro, ¿por qué quería volver? ¿Qué estaba haciendo mal?

...Aunque, por mucho que quisiera, no podía culparle por querer volver a casa, él también quería; o, al menos, al concepto que había tenido hasta ahora de “casa”, no lo que vio el día en que él y Gustabo emprendieron su viaje solos.

Quizá era hora de sacar a lucir los viejos fantasmas. Quizá era hora de afrontar las cosas.

—Horacio, ¿me has oído?—Preguntó de nuevo, asomándose sus dos ojos castaños frente a su rostro para comprobar, quizá, si se había enfadado por su insistencia. —¿Me estás ignorando porque estás pensando en cosas o porque estás cansado? 

Horacio dejó de caminar, Gustabo dándose cuenta casi al instante de que ya no caminaba a su lado y dándose la vuelta para ver qué le ocurría. Esperó paciente, sin apresurarle a que se explicara, y eso precisamente era por lo que se merecía una respuesta lo antes posible.

—Gustabo...No creo que terminen las obras en ningún día cercano...—Masculló, incapaz de mirarle a la cara. En su lugar, se concentró en contar las colillas que encontraba por el suelo, cabizbajo.

Su amigo, confundido por su negatividad tan repentina, frunció el ceño. 

—¿De qué hablas, Horacio? No seas tan pesimista, hombre, ¡seguro que lleva acabada un par de semanas!

—Gustabo, no lo entiendes, no está terminada, ni lo va a estar nunca.

—¿Qué tontería es esa? —Insistió. —¿Qué pasa, es porque no quiera prestarme tus cosas?— Bromeó, una pequeña sonrisa algo deteriorada por la mugre que ensuciaba a ambos. —No te preocupes, prometo devolvértelos...

—¿¡Es que no te enteras!?—Espetó, interrumpiéndole. Gustabo guardó silencio y vio cómo las lágrimas comenzaban a florecer en el rostro de su amigo, que había empezado a temblar. —...No tenemos casa, Gustabo. El día que iba a traerte a casa, mi madre me abandonó. Dijo que no podía vivir con mi padre, y que el día que reuniese suficiente dinero, me llamaría para que me fuese con ella...

Gustabo dio un paso hacia él, y luego otro, hasta colocarse frente a Horacio, que estaba intentando limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano. No le había mirado a los ojos desde que se había parado a responderle, y temía que empezaba a comprender por qué.

—Horacio. —Le llamó, su voz suave, a duras penas logrando tragarse las ganas de apretar a su único amigo, y familia, en un fuerte abrazo. —Horacio...¿Tu padre os pegaba a ti y a tu madre...?

Los sollozos de Horacio se descompusieron de golpe, incapaz de soportar el aplastante peso de aquella pregunta. Durante años, había querido creer que si no pensaba en ello, que si lo ignoraba lo suficiente, al igual que cuando creemos que hay una tenebrosa sombra en la esquina de nuestra habitación y cerramos los ojos con fuerza obligándonos a repetir que no hay nadie, la tenebrosa figura de su padre no sería más que un espejismo en su vida que, al intentar apartarlo de un manotazo, se rompió en pequeños trozos y se le clavó en la piel, dejándole heridas que, por algún motivo, durarían más que él y su terrorífica presencia. 

—Perdóname, Gustabo.—Sollozó, mirándole por primera vez a los ojos. En no sabía cuando, pero al parecer a él también le habían germinado algunas lágrimas, pendiendo solitarias en su lagrimal. —Por favor, perdóname por mentirte...

Sin añadir la más mínima palabra, Gustabo se limitó a agarrar a Horacio por los hombros con fuerza, sintiendo su ha estructura bajo los dedos, y le atrajo en un fuerte abrazo sin darle ocasión a protestar. Ambos se acompañaron en el quejumbroso llanto, aferrándose el uno al otro.

Permanecieron en silencio por unos instantes, sólo  apoyándose en la compañía de su compañero y permitiéndose creerlo, por un instante, que el mundo les debía una muy grande por lo que estaban pasando para salir adelante. 

Finalmente, cuando encontraron la fuerza en su voz para hablar, Gustabo respiró hondo y dijo:

—Olvídate de la casa. Olvídate de la comida, o el frío.—Horacio hizo el esfuerzo de tragarse un sollozo para no interrumpirle. —A partir de hoy, tú y yo vamos a estar juntos pase lo que pase, y no voy a permitir que nadie te ponga un solo dedo encima. Tú y yo, Horacio, tú y yo contra todo...

—...Contra todo...—Masculló Horacio, sumido en su profundo sueño. 

Volkov pestañeó un par de veces, sintiendo un leve escozor  en los ojos mientras apartaba la vista del agente durmiendo en su cama.

Pese a que todo habían sido relatos a medias inducidos por el sueño, Volkov sentía que la subconsciente de Horacio acababa  de revelarle algo extremadamente personal de lo que quizá ni él se acordaba.

El comisario observó a su invitado, (o invasor, incluso) como si intentase acostumbrarse a la oscuridad, queriendo ver más allá de lo que le ofrecían sus ojos, frunciendo el ceño como si así pudiese calibrar la nitidez de la imagen.

Era Horacio: con su pelo todo revuelto en una pequeña maraña despeinada, la expresión relajada, y el cuerpo recogido como una madeja de lana escondida con astucia bajo las sábanas; como un pequeño gato que buscaba el calor de un regazo en una casa vacía.

...Vaya. Eso había sido dolorosamente preciso.

La luz entraba por la ventana como un pequeño halo,  se derramaba sobre su irregular complexión, y bañaba su piel con cálidas caricias que le mecían lentamente de vuelta al silencioso  mundo de los sueños, demasiado lejos para oír lo que Volkov pudiese decir. 

Miró la hora en el móvil, volviendo de repente al mundo terrenal en el que Horacio dormía y él tenía un trabajo al que debía ir. Eran las nueve y cuarto. Más le valía irse ya si no quería que el Súper Intendente le maldijese a él y a toda la estirpe rusa.

Se guardó el móvil y de los pies de la cama alcanzó su chaqueta, deslizándose en ella y colocándosela correctamente. Rápidamente buscó papel y boli, y a toda prisa garabateó una nota que dejó en la mesilla de noche junto a la cama.

Se apresuró a la puerta del dormitorio, listo para irse, cuando sintió la necesidad de girarse una última vez para mirar al hombre que aún dormía en su cama, escondido bajo las sábanas. No dejaba de oír sus somnolientas palabras en su cabeza: “No quiero que vuelva a hacerme daño...”

No se preocupe, Horacio, —Dijo. En cierto modo, se le hacía raro referirse a él por su nombre y no como “agente” o “caballero”, aunque mantuviese la cordial estructura del usted —no pienso dejar que nadie le haga daño.

Las palabras salieron abruptamente de su boca, ya demasiado tarde para cuando quiso rectificarlas. Sabía que a nivel profesional y vocacional era cierto; no dejaría que nadie le hiciese daño, pero solo de la misma manera en que no lo permitiría con ningún otro civil;sin embargo, por algún motivo, su mente seguía recalcando la frase como si hubiese algo oculto a la vista que estuviese pasando por alto, y cada vez que intentaba comprender esa sensación, el rostro se le comenzaba a teñir de una rosada sombra vergonzosa y la vista, frenética, se desviaba y trepaba sola por el edredón de la cama, buscando la acompasada respiración de Horacio.

Forzándose a salir de su hipnosis, sacudió la cabeza y se convenció de irse cuanto antes, únicamente dejando un susurro tras de sí antes de abandonar el apartamento.

“Descanse, agente, se lo ha ganado.”

5 comentarios:

  1. Madre mía esto está buenísimoooo, exijo continuación fkfkfkfk.
    Realmente la historia de Gustavo y Horacio está perfecta, dios que pena me ha dado:(. Aún así creo que calza perfectamente, y uff ese Volkov ES QUE ME EMOCIONO✨.

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  2. AAA MENCANTA está muy bien escrito y la historia uff, es buenísima. Te felicito 💕

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  3. Wey si no la continuas me voy a suicidar ee, me suicido me vale verga, advertida ya estás, más te vale autora-chan

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