—He estado pensando en intentar sacar algo de dinero de alguna manera —sugirió Rubius, su rostro oculto tras una sonriente máscara, su cuerpo cubierto por la túnica negra. Aquella noche había reunión de la Hermandad Oscura. —No sacamos beneficio alguno de todo esto.
Willy, distraído, pasaba la página de un libro de aspecto antiguo. No sabía de qué trataba para tenerle tan absorto, pero cuando Rubios le hubo preguntado por su elección de lectura, se limitó a esbozar una codiciosa sonrisa que le cortó la respiración.
—Eso es — señaló, sin apartar la vista del libro—porque no se puede cobrar por un acto delictivo, Rubius. Si hacemos lo que hacemos, es por... La grata satisfacción que nos ahoga al sembrar el mal.
Fargan , que jugueteaba con un cuchillo de reluciente hoja y filo perfilado. La cuchilla bailaba entre sus dedos, el mango volviendo a la palma de su mano, obediente, sin importar cuán alto lo lanzase, prefirió no hacer mención de lo curiosamente sofocado que había sonado su compañero al describir su trabajo: ¿”La grata satisfacción que nos ahoga”, había dicho? No pudo evitar sonreír para sus propios pensamientos sobre su querido y tan poco inocente Willy.
—Coño, eso ya lo sé. — Se defendió Rubius. —Si yo no me quejo del oficio... Pero una pequeña propina no estaría nada mal, trabajamos muy duro, y ya sabéis que soy un fashion victim... Me gusta estar guapo cuando trabajo.
Ambos vieron cómo Willy cerraba el libro para centrarse en la conversación, listo para responder a Rubius, cuando todo en él se volvió de piedra. Todo excepto sus pupilas, que recorrían el capitel de las columnas alrededor de la guarida.
—¿Willy? —Le llamó Fargan, incapaz de esconder la preocupación en su voz. — Willy, ¿qué ocurre?
Pese a la silenciosa espera de sus compañeros, Willy no formuló palabra. De repente, de bajo su túnica sacó un pequeño puñal de hoja dorada y la lanzó a la oscuridad sobre las cabezas de las columnas, su capucha cayéndose con el impulso, dejando su mata de cabello platina al descubierto.
En medio de la incertidumbre, la Hermandad aguardó por una respuesta, y de las sombras brotó una risa en forma de retorcido zarza que recorrería las paredes de la guarida con sus afilados espinos cerrándose alrededor del trío que, ya sacando sus armas, oraban a su alrededor en busca del burlón ente.
—¿Quién anda ahí? —Gruñó Rubius, enfundándose los guantes especiales que la Hermandad había encargado al armero del pueblo, exigiéndole suma discreción sobre el encargo a cambio de una suma un poco más alta a la hora del pago. De la punta de sus dedos comenzaron a afilarse diez punzantes garras, llegando a sus peligrosos cuatro centímetros de acero punzante y frío.
Fargan desenvainó de su espalda una larga espada esbelta y ligera. Willy se apropió dos pequeñas dagas, una en cada mano.
—La arrogante Hermandad Oscura, un día se reunió...—Se oyó cantar, Willy, Fargan y Rubius aún en sus posiciones. —Pero que yo me iba a colar...¡Ninguno sospechó...!
—¿¡Cómo cojones ha entrado!?—Preguntó Fargan.
Willy apretó los dientes con rabia; no le gustaba que le tomasen el pelo. —¡Revélate!
Tan sólo se oyó un susurro antes de que reinara el caos:
“Oh, qué descortés por vuestra parte...”
Acto seguido, de una de las columnas caería un objeto esférico.
—¡¡Es una trampa, una bomba de humo, juntaros!! —Alertó Willy, y de la esfera metálica el humo blanco comenzó a alzarse rápidamente sumergiendo la guarida en una densa neblina blanca. Entre la humareda sólo distinguían las briznas de luz rojizas y anaranjadas de las antorchas.
Willy, Fargan y Rubius caminaron de espaldas, la mirada fija en los alrededores hasta encontrarse de nuevo.
—¡Somos tres y tú sólo uno!—Señaló Rubius, —¡No tienes ninguna oportunidad!
El eco volvió a contagiarse de la misteriosa carcajada que ahora parecía estar en todas partes, inquieta.
—Oh, ¡cuánto te ciega la oscuridad que alberga tu corazón, amigo mío! —Ronroneó el intruso, y una a una, las antorchas se fueron apagando, consumiéndoles a los cuatro en una tupida y silenciosa oscuridad.
El silencio reinó en la guarida por unos frenéticos instantes de caos en los que la Hermandad se veía acorralada por un intruso que les había dejado a ciegas y al cual no habían visto aún.
—A fin de cuentas...— Volvió a canturrear el ronroneo, de nuevo en forma de un pausado susurro —... Solo vengo a hablar...
Rubius y Willy se apartaron de un salto al oír la voz a escasos milímetros de ellos. Justo donde habría estado Fargan.
Se oyó una cerilla ser encendida y un segundo después una antorcha iluminaría la máscara de Fargan. Willy hizo un torpe amago de acercarse, apenas dando un paso al frente cuando oyó la voz de nuevo.
—Yo que tú me quedaba exactamente donde estás, amigo. —Advirtió, y con un leve movimiento de muñeca, contra el cuello de Fargan pudieron ver el filo de una espada. En su hoja, dos ojos morados brillaron como las pupilas de una bestia al ver a su presa.
—¡Aléjate de él! —Gruñó Willy, sus manos cerrándose con fuerza alrededor del mango de los cuchillos, sus palmas comenzando a estar alto sudorosas.
—Tranquilos todos. —Murmuró, sus dos ojos brillantes eran lo único visible a pesar de la luz reflejada a través de la espada que apretaba contra el cuello de su compañero. —No tengo intención de hacerle ningún daño.
—¿Entonces por qué le tienes como rehén?— Interrogó Rubius, cortante.
—Porque de alguna manera tengo que asegurarme de que no me pones una zarpa encima, querido. — Se explicó. Por algún motivo, aquel hombre era capaz de hablar no con serenidad, sino incluso con...¿Flirteo? O, si no, era con un nuevo tipo de seguridad que Rubius desconocía.
—Una buena forma de asegurarte de que no te ataquemos —señaló Fargan, captando la atención de sus compañeros —habría sido no colarte en nuestra guarida desde un comienzo.
Gracias a la pequeña llama de la antorcha, Fargan no estaba en completa oscuridad; podía ver un borroso esbozo del cabello de Willy, y creía ver el flequillo de Rubius junto con la sonrisa tétrica de su máscara y algún destello tímido en la punta de sus garras.
Su secuestrador hizo caso omiso de su acusación, pero tras él, Willy hizo de nuevo un intento de acercase, deteniéndose en seco al ver, los tres, cómo el intruso apretaba su espada contra su cuello.
—Dinos qué quieres. —Ordenó su compañero, tratando de mantener la calma delante del intruso.
—Necesito que os encarguéis de alguien. —Explicó, aún sosteniendo el filo contra el cuello de Fargan.
—¿De quién se trata?
—Su nombre es Nieves. La esposa del cura...La necesitó fuera del mapa. —Respondió la sombra, y automáticamente un pesado silencio cayó sobre los hombros de la Hermandad Oscura. El chasqueo de la llama que apenas iluminaba la sala fue lo único que se oyó en la guarida por un rato.
Rubius se alegró de llevar la máscara puesta y de estar en la más absoluta penumbra, porque estaba seguro de que se había quedado blanco como la propia ceniza al oír el nombre de su esposa. Sentía la mirada preocupada de sus compañeros a través de las máscaras.
Al ser ellos lo más cercano a algún tipo de mafia que había conocido el pueblo de Karmaland, era prácticamente imprescindible que sus vidas fuesen tan secretas como sus identidades si querían proteger a sus seres queridos de crueles vendettas. Por ende, Rubius técnicamente no tenía motivos para rechazar el encargo.
Tragó saliva con dificultad. Sentía que todo su cuerpo estaba sobrecargado y temblaba con el único fin de despojarse de la electricidad que le consumía por dentro.
—¿De parte de quién? —Preguntó, recomponiendo su voz tan rápido como pudo para disimular. ¿Quién podría querer hacerle daño a Nieves? Era la persona más pura e inocente que jamás hubiese conocido, ¿por qué nadie querría hacerle algo tan cruel?
—¿Para qué quieres saberlo? — Contraatacó.
—Me gustaría saber a quién tendría que agradecerle el pago por nuestros servicios. —Insinuó, las palabras sabiéndole ácidas en la boca.
Tras unos segundos de silencio, en las sombras se oyó un suspiro, y la antorcha se movió a la par que Fargan se movía unos centímetros, la espada nunca abandonando su cuello. La antorcha se balanceó de un lado a otro, y de la oscuridad se abrió paso un rostro de facciones exageradas por las sombras.
Pero era lo bastante visible para que Rubius lo reconociera al instante.
—Lobo Nocturno ante ustedes, Hermandad Oscura. —Se presentó, en su rostro apareciendo una perfilada sonrisa.
Rubius sentía que estaba a punto de vomitar.
—¿Tú eres el Lobo Nocturno? —Interrogó Willy. —¿Y cómo sé yo que no nos estás mintiendo?
Pero Rubius sentía cada detalle que confirmaba que el espectro ante ellos era el Lobo Nocturno como pequeñas agujas perforándole la piel; aquellos brillantes ojos morados, esa sonrisa consciente de la verdadera capacidad del que la portaba y la sabiduría de que superaba la de ellos tres juntos.
Vegetta, su Vegetta, era el que tenía a Fargan contra la espada, el que se había colado en las instalaciones de la Hermandad Oscura y, por encima de todo, el que estaba contratando sus servicios para que se librasen de Nieves; su Nieves, su inocente y amorosa Nieves...Todo esto... ¿Por qué? ¿Qué pudo haberle hecho ella?
—Me temo que tendrás que fiarte de mi palabra. —Dijo, encogiéndose de hombros.
Rubius no pudo evitar preguntárselo: ¿Qué haría Vegetta si supiese que era Rubius a quien estaba hablando?
—¿Y qué ha podido hacerte la mujer del cura para que quieras librarte de ella de forma tan drástica? Algún motivo tiene que haber...—Preguntó de nuevo. Rubius se alegraba de que Willy hubiese tomado el relevo de la conversación, no se creía capaz de formular palabra en ese momento.
—Digamos que soy un hombre muy posesivo y me ha arrebatado lo que me pertenece. —Explicó, jugando con la antorcha distraídamente, su pequeña llama saltando de arriba a abajo, las sombras bailando sobre las paredes.
Siendo consciente del silencio sólido que reinaba en la guarida de la Hermandad Oscura, el Lobo Nocturno habló de nuevo:
—Escuchad, no os estoy haciendo una sugerencia. —Aclaró. —La única respuesta aceptable es “sí”.
—¿Y si nos negamos? —Sugirió Fargan. Al otro lado de la máscara miraba a Rubius de reojo, preocupado.
Lobo Nocturno rio con facilidad y soltura. —Decidme, ¿sois conscientes del precio al que están vuestras cabezas en Karmaland? —Dijo, burlón. —Un solo chivatazo de dónde se esconden las ratas para que ni la clemencia más benévola de los dioses os salvará de la carnicería de la que seríais víctimas.
Willy y Fargan compartieron una mirada a la que más tarde, derrotado, se uniría Rubius.
—¿Y bien? —Apremió. —¿Hay trato? No tengo todo el día.
Rubius sintió las puntas de los dedos quemarle, ansiando acercarse y sacudir a Vegetta para hacerle entrar en razón. ¿De qué estaba hablando? ¡Él no era así! Una cosa era robar, pero...Nieves...
¿Era él aquello que Nieves “le había quitado”? ¿Era por él que hacía todo esto?
Nunca había querido algo así para ninguno, ninguno de ellos lo merecía.
Tras una larga y silenciosa pausa, Lobo Nocturno miró uno a uno a los integrantes de la Hermandad Oscura, esperando a una respuesta.
Rubius dio un paso al frente, acercándose a él hasta que el destello de la antorcha alcanzó a iluminarle casi por completo la máscara, a escasos centímetros de aquellos ojos morados que una vez le causaron un inquietante cosquilleo en a boca del estómago, pero que ahora sólo le rompían más y más el corazón. Tomase la decisión que tomase, uno de ellos tendría que morir...
El dolor que sentía era insoportable, inyectándose en sus venas como alambre, arañándole la piel por dentro hasta el punto de temer que la calidez que sentía tras sus ojos no fuesen lágrimas, sino su propia sangre. Y, sin embargo, sus palabras salieron inexpresivas:
—Somos todo oídos.
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