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22 mar 2020

Puzzles de nubes y estrellas

En un impulso, Rocky se había lanzado sobre la ventana que estaba a la izquierda de los asientos traseros, asomando la cabeza, causando una explosión de gritos y risas por parte de las gemelas, Tatiana y Andrea.

–¡Mamá, mira lo que hace Rocky!—Exclamó Andrea, enseñándole una sonrisa mellada a su padre a través del retrovisor.

Rocky irguió las orejas, temiendo haberse metido en un lío que hubiese hecho enfadar a sus nueva familia y le devolviesen a aquel aburrido y solitario hotel para perros. Miró de reojo a quien ahora identificaba como Alicia, su madre, y contoneó la cola con tímida alegría cuando vio una sonrisa, pequeña, en sus labios. Se preguntó si a ella también le mandarían a la cocina castigada si estaba tan contenta que hacía mucho ruido; de ser así, le dejaría dormir en el rincón más calentito de la habitación.

–¿Qué pasa, Rocky? ¿Te gusta el tiempo que hace hoy?–Le preguntó, guiñándole un ojo. La luz comenzó a correr sobre su antebrazo cuando ella también se apoyó en la ventana, el viento despeinaba su sedosa melena castaña. Rocky ladró, alegre, respondiendo a su pregunta. –No te preocupes chico, vas a ver tantos días soleados, que terminarás harto de ellos.

A él le entraron ganas de gruñirle un poco y de deslizar el hocico sobre su hombro para darle un ligero toque de advertencia, pero se limitó a apoyar la cabeza sobre sus patas mientras la velocidad le susurraba, y él mecía la cola al oír sus intrigantes historias de viajeros y canciones de coche.

La luz de aquel cálido día de primavera de sumergía en su pelaje, haciéndole cosquillas donde sus bigotes bailaban, y el frescor primaveral le rascaba tras las orejas.

Sin embargo, las palabras de su nueva amiga se habían infiltrado en sus pulmones en alguna bocanada de aire, y ahora le hacían sentir sin aliento.

Era la primera vez que no veía un cielo segmentado como piezas de un complejo puzzle que aún no era merecedor de resolver; ¿Cómo podían no tirarse al suelo y descansar bajo la sonrisa de aquel radiante sol? ¿Cómo podían "hartarse" de ver un cielo tan claro? Los humanos, sin duda, eran criaturas extrañas.

Por primera vez estaba viendo uno de esos cielos que soldaban por la noche mientras todos dormían; de esos cuyo irradiante calor aún se te pegaba a la ropa, y sólo quería que su nuevo padre hiciese que el coche corriese más y más rápido para ver si la brisa de aquel viento silbaría igual que en las noches en que el frío se colaba bajo las puertas de la perrera y serpenteaba hasta los finos barrotes de su habitación. Quería asegurarse de que todo aquello era real: que una familia le había encontrado, que había alguien que le quería, que había resuelto el puzzle de las nubes.

Se paró a pensar, disfrutando de la brisa en su rostro mientras Tatiana rascaba la resaltada línea huesuda que emperchaba su menudo cuerpo y Andrea protestaba entre dulces carcajadas porque le daba con su despeinada cola en la cara. Sus nuevos padres reían y repetían su nombre de una curiosa forma que encogía su corazón.

Durante años, había invertido sus largas noches  en que no podía dormir en contar las estrellas desde su pequeña jaula, pero, cuando aquella noche miró por la ventana desde el regazo de su nueva amiga, reposó la cabeza sobre sus finas patitas y se dio cuenta, con un suave suspiro, de que quizá había muchas estrellas que se había dejado sin contar, y ahora por fin podría verlas desde su nuevo hogar.


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